La roja voluntad: recuento de la antología Químicas sanguíneas

Por Eduardo Reséndiz

El temple de la escritura encuentra transcursos azorados en el relieve de su composición, su trayecto considera dominar el arte de la ausencia, y la sensibilidad que es enunciada recrea una planicie donde las derivas y las inquisiciones se desenvuelven hacia la escritura pendular. En el caso de la poesía, los espacios y las estancias resisten cualquier impronta dogmática. La entereza de su significado se mantiene recóndita y sólo el cuerpo latente del verso participa para dar la percepción de “poesía” a través de su propuesta formal y significativa; posible circo improvisado en las laderas del territorio literario. La certeza del significado poético se confunde en los cuerpos insomnes al interior del poema, los versos conjugan el cuerpo del poema para acercar su imagen onírica: “La música es sólo de la idea”, nos dice Rubén Darío en la percepción de su propia búsqueda; o la confesión de Gonzalo Rojas dentro del territorio profundo del lenguaje “en el ejercicio del reino / que no reiné, feo / como es todo el espectáculo / éste del alambre al / sentido, / la composición / pendular”. De la misma manera, Químicas sanguíneas, antología del Taller de poesía de la Universidad del Claustro de Sor Juana, reúne la labor literaria de cinco poetas hacia el territorio de la poesía: Samuel Rivero; Tania Langarica; Gabriela Ayala-Medrano; Esteban Tapia, y Danya Villegas nos comparten poemas fabulados en el taller de Rocío Cerón. El título de la antología propone examinar detenidamente los recursos y atisbos con los que convive, acaso la existencia de este nuevo libro es una respuesta frente a la tradición que Tomás Segovia infiere en el siguiente párrafo:

“Vivir arriesgado es vivir con literatura, o más exactamente vivir con poesía, usar la poesía. La poesía, en su ubicua multiformidad, es la memoria viva, la memoria nutricia y circulante, tanto en nuestras existencias como en nuestra historia de pueblos. Y el estado de orfandad de los escritores jóvenes de México consiste en que la poesía disponible no se usa, no circula, no es nuestra moneda cotidiana con que ejercer un comercio no en precios, sino en asimilaciones sanguíneas […]”

En esta antología de los estudiantes de Escritura Creativa y Literatura la anunciación y el movimiento de las palabras recrea la travesía de una brigada hacia una región sin nombre; su principal herramienta métrica es el verso libre (me gusta recordar en esta decisión formal a Leopoldo Lugones en el prólogo al Lunario sentimental: “El verso libre quiere decir, como su nombre lo indica, una cosa sencilla y grande: la conquista de una libertad”), versos que estructuran los períodos de la imagen poética que señala y representa a estos cinco autores. La antología se conforma de manera duplicada, pues cada poeta antologado es delineado por el reflejo de las palabras que escoge, las imágenes que construye y los sensibles lazos que tejen dentro del espíritu de esta antología. Existen las figuraciones donde la memoria y el presente colindan con otra temporalidad dentro del verso, la ausencia inequívoca del cuerpo cuando el poeta se suspende en los trazos especulares de su escritura, la conciencia del espacio poético y el doble erotismo que entre los versos recrean el subrayado espacio amatorio. Las líneas finales del prólogo de Rocío Cerón reflejan la circulación de las palabras en alusión a su sistema poético: “Químicas Sanguíneas es una mezcla y una suma de poemas y puertos, el punto de partida es la apertura de los sentidos para profundizar en el breve trazo de un abejorro que escribe por el cielo”.

Químicas sanguíneas se conforma por un pequeño poemario de cada autor: Samuel Rivero, recrea un espacio mítico fundado en la memoria y desdibujado por los designios de la escritura dentro de “Castálida”; Tania Langarica, antepone el orden y las enunciaciones de sus poemas que describen la palabra “Albúmina”; Gabriela Ayala-Medrano, recorre un viaje interior donde el tiempo es una mezcla de injertos de la cultura pop y el transcurso de crecer en “Pequeño poemario”; Esteban Tapia, dentro de “Calibán, el fuego” traza con honestidad la línea infranqueable que une vida y escritura, y Danya Villegas, contorsiona al lenguaje a través de las sensaciones y los espacios que conforma “Autofagia hiperactiva”. Estas cinco voces reflejan a cada autor las posibilidades de la escritura; la nervadura de sus miramientos se halla en las líneas que despliegan su polifonía. Sin eludir los ejercicios donde la sensación es desfigurada por la escritura, el torrente que le da fuerza a esta antología se conforma por la incertidumbre de los trayectos; las líneas de fuga de la mirada asumen su dirección hacia la selva del lenguaje; la poesía que buscan los autores se halla entre las inmediaciones de relieves y derivas; como ejemplos, la circunstancia que embiste a Tania Langarica cuando no encuentra otras fronteras que su escritura y la ausencia: “Una ola / cuando tocó la orilla de la cama / una ola que busca ritmo todavía / en medio de Tlalpan / en medio de la Vía Láctea[.] / o en medio de su Príapo; / muy lejos de mí”; así como el monólogo de Samuel Rivero a lado del cuerpo amado donde confiesa la siguiente prosa poética: “No puedo hacer esto mucho tiempo más; la oscuridad, el entremezclado de los tonos de tu piel, de tu rubor, de tu interminable lista de dones y gracias. Y yo, estúpido, enfermo de envidia, de las más pura y decantada envidia”.

La sístole de las palabras, sus movimientos diáfanos que no vemos en la página y recurrimos a la fragmentaria poesía para reabrir la hendidura de nuestro rostro y confabular sus rasgos hacia el crepúsculo de la hoja que encierra atisbos desdoblados en la fincada sensación de la sal en el fuego; recrea al palpitar, posibles respuestas cuando acudimos al bárbaro sitio del lenguaje para delinear un hogar; el siguiente fragmento de Fabio Morábito en “El clima más idóneo”, refleja un espacio en detenimiento que desmiente cualquier azorado sitio para la poesía: ‘Amamos un paisaje / sobre cualquier otro, / cierta manera de la luz, / cierta manera de unidad del todo’. Los cinco autores comparten el vuelo de la experimentación espacial; son varios los poemas que aluden al efecto visual del espacio blanco y las inmediaciones geométricas de la página; a veces esta proporción le es grata al sentido del verso; otras, se nota como una ínsula perdida y fuera de los encadenamientos necesarios. Comparten también, la supresión articulada de algunos elementos de la oración que favorecen el movimiento conceptual del poema, su transcurso por ese territorio abrupto le caracteriza de una fuerte entonación a las evocaciones viscerales. La lógica del ritmo a veces se encuentra comprometida, sin embargo algunas líneas gravitan en un efluvio magistral y alcanzan el hallazgo poético: “Escribo / mientras escucho la pólvora / y escondo lo que queda de cuerpo / para que no sea lo siguiente que se lleve el calor.” nos índica Tania Langarica; así como la siguiente imagen por parte de Gabriela Ayala-Medrano: “Descubrí que el cielo está cosido de cicatrices nocturnas”; ambos ejemplos como diversos espíritus magnificados.

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Casi en el colofón del libro, se puede leer una breve semblanza de cada autor. En cada una de ellas, la descripción del oficio literario se torna lúdica y distendida. A parte de estas semblanzas, cada poeta nos inscribe una poética que apela los diversos centros, los quehaceres centrífugos y los rituales a los que acuden en los momentos que preceden su escritura. Ejercicios de introspección sobre su propia invención, las direcciones de estas poéticas son plurales, pero comparten su fuerza enunciativa y entonación poética. Para ilustrar lo anterior, veamos dos fragmentos que dan cuenta de la multiplicidad de la imagen poética: para Danya Villegas en “Poética personal”, ‘Escribir es descifrar a la bestia que pulsa esta necedad’, y Samuel Rivero en “Poética”: ‘Todo es válido al pasar bajo el peso de la tinta’. Sin olvidar que esta antología se conforma con el cuidado, el acercamiento hacia la ensoñación y los elementos compartidos entre los autores; el espíritu de esta obra se une a través de filamentos luminosos y sensaciones; así, Erik Esteban Tapia, nos da la siguiente línea ubicua sobre un espíritu recogido en la esperanza y la aproximación de la palabra hacia lo más entrañable: “Si el alma saliera / necesitaría otro cuerpo / para su retorno”.

“Recoger flores” es la etimología conceptual que conforma la palabra “antología”; además de los escritores que se han reunido en el sitio propuesto de un sueño literario, el compilador juega como otro escriba invisible difícil de reconocer. Así, las temáticas que dialogan al interior, los ejercicios de escritura planteados desde la experimentación y la apropiación son algunos de los renglones delineados en este “Periplo sinfónico [la palabra que fue enunciada, regresa apacible] de quienes descubren, a través del lenguaje, la multiplicidad de capas y estratos que conforman el mundo”, al que nos invita Rocío Cerón una vez terminada su labor al cuidado de esta antología. Salir a recoger flores, salir y regalar esas flores; son los rasgos de los seis poetas que conforman el laúd de esta antología. ¿El significado de la poesía? Isómero entre la forma literaria y la forma de vida, transcurso sin detención una vez evocada la transfiguración poética, sensibilidad lograda en el agua luego de domar su intrincada papiroflexia; es así que buscamos la disparidad del cuerpo blanquecino de la página, la precaria e inútil parte de las sensaciones donde las palabras conforman un sitio donde alucinamos poesía. El Dr. Fernando Montoya Vargas, Director del Colegio de Filosofía y Letras, nos acerca su lectura en la cuarta de forros de la antología:

“Desde el asombro, desde la irrupción del relámpago, en el momento en que el joven aspirante a poeta toma conciencia del poder de la vida a través del lenguaje. Desde ese primer momento, y a partir de él, la travesía comienza, se ejercita el oficio poético. ‘Químicas sanguíneas [...]’ es un primer movimiento. Una sinfonía de voces que han ido articulándose al paso de la fragua entre vida, inspiración y conocimiento. [...]”

Toda antología reúne una composición específica, y su trabajo encuentra el prodigio de las palabras cuando el cuerpo imaginado de otros significados se incorpora hacia los lugares de las páginas que han sido revestidas al compartir un espíritu literario, una obsesión con las cifras o un pleno amor hacia la literatura. Esta antología me hace recordar los renglones de José Saer al identificar un libro único: “Llamamos libros / al sedimento oscuro de una explosión / que cegó, en la mañana del mundo / los ojos y la mente y encaminó la mano / rápida, pura, a almacenar / recuerdos falsos / para memorias verdaderas.”. La poesía tiene en sus formas más simples, la magia más recóndita e inasible; sin enunciar nada y sin dejar que los renglones de nuestro amigo Esteban Tapia se pierdan y languidezcan; las veces que alguien dé con una correspondencia con este libro, o éste le devuelva una sonrisa o el atisbo de una sensación magnificada, entonces nada de esto perecerá ni dejará de ser significativo, Bruno: “Ya no eres más el que escribió / eres el que ahora te lee”.

Químicas sanguíneas, antología del Taller de poesía de la Universidad del Claustro de Sor Juana, selección y prólogo, Rocío Cerón, UCSJ; EBL-Intersticios, México, 2016.