Olor a oro

Katia Jazmín Mancilla Infante.
Gastrónoma.

A la entrada de este pueblo se encuentra mi casa, he vivido aquí desde que me casé, evidentemente han pasado ya muchos años y todo ha cambiado; ahora, han venido a vivir más personas y por lo tanto hay más casas.

Actualmente, mi cocina tiene una estufa eléctrica, refrigerador, licuadora y hasta una tostadora. Donde criaba a mis gallinas he puesto flores y el corral de los caballos ahora sirve de estacionamiento. Sí, todo aquí es distinto, pero estas paredes guardan un sinfín de recuerdos que de vez en cuando vienen a mi mente, me envuelven de tal forma que siento que en realidad todo sigue siendo igual.

Recuerdo cuando solo éramos dos; mi esposo se dedicaba a sembrar caña, arroz y maíz, yo me levantaba muy temprano para prepararle el bastimento, que después aumentaría su volumen, pues en cuanto la familia creció y mis hijos tuvieron la edad para trabajar, yo tenía que enviar más de todo: más tortillas, más frijoles, más queso fresco, ¡ah! y un bule más grande para que ninguno se quedara con sed.

Parte del maíz que sembraban lo traían a casa, yo me dedicaba a vender una parte y dejaba otra para uso propio. Ponía el nixtamal, lo molía, y para cuando mi esposo e hijos llegaban, la leña ya estaba prendida y el comal caliente, listo para empezar a echar las tortillas que acompañaríamos con un gran plato de frijoles de olla y en tiempos prósperos, con algo de carne.

Las mujeres de hoy ya no saben hacer una tortilla, le compran por kilo a un niñito que pasa en una cuatrimoto, pero que lastima si se enfrían, porque muchas ni calentarlas saben. Yo aprendí desde pequeña con mi abuela y no es que le vea nada malo a las comodidades que hoy se tienen, tampoco que crea que las mujeres solo estamos para tener hijos y hacer tortillas. Es solo que no cambiaría por nada, el placer que me causa el olor a masa en mis manos y el sabor incomparable del resultado final.

Hace unas semanas recibí la llamada de uno de mis nietos, un pequeño que disfrutaba corretear gallinas y andar saltando en los montones de mazorcas, pero que siempre prefirió la ciudad. Me avisó que venía a pasar unos días por acá, que tenía ganas de verme y que también se moría de ganas por un sapito —que es simplemente una bolita de masa y sal—. Estaba muy emocionada porque tenía años sin verlo, recordaba su carita que cambia a cada visita pero siempre ha conservado la misma mirada dulce que me alegra el corazón. Así que lo primero que hice fue revisar que me hacía falta para recibirlo con un buen plato de pozole blanco, que sé, es su favorito.

Cuando por fin llegó, por poco y no lo reconozco, estaba mucho más grande de lo que esperaba, su cuerpo ya no era el de un niño, su voz era más grave de lo que sonaba por teléfono, y no tenía puesto pantaloncitos cortos, pero su mirar era el mismo. Le di un gran abrazo, le ayude a instalarse en una habitación y después lo apresure un poco, pues yo ya tenía todo listo para que se sentara a comer lo que le había preparado. —Es increíble como los olores te transportan, por eso estoy aquí— me dijo con gran emoción.

— ¿Si? Cuéntame qué olores recuerdas.

— La verdad no estoy seguro, puede que haya sido más de un olor: El olor a barro de tus cazuelas, el olor a mazorcas apiladas, o el olor de granos de maíz con agua y cal — da un bocado y se queda pensativo— ¡Hay tanto que me recuerda a ti! Qué importa si fue uno o fueron más los olores, lo único cierto es te añore tanto que una parte de mí se vino acá primero.

Continuó hablando a la vez que comía con entusiasmo, nunca lo había escuchado hablar tanto, pues él era bien serio y de pocas palabras; me dijo un montón de veces lo rico que el pozole había quedado.

Recordó sus platillos favoritos cuando era pequeño: las tortillas recién hechas con un huevo dentro — que se cose gracias al vapor de la misma tortilla—, tamalitos de puerco y en las cenas: pan con nata y azúcar; me hablaba de cierta magia que había en mi cocina. Yo solo le sonreía, estaba encantada y feliz de escucharlo hablar, no le dije nada pero lo que hay en mi cocina no es magia, lo que hay es dedicación, dedicación a mi esposo, a mis hijos y a mis nietos. Me inspira su amor, y hay amor en cada bocado que se llevan a la boca, sea lo que sea. Muchas veces tuve que improvisar para alimentar a muchos con poco. Nunca he cocinado para que alguien me lo reconozca pues soy feliz haciéndolo pero las palabras de mi nieto resultan gratificantes.

No dejó de comer el tiempo que estuvo en casa, todo lo que preparaba lo olía y lo saboreaba con especial cuidado, decía que ya no quería olvidar ningún olor, que quería disfrutar cada platillo, cada bocado, cada sensación.

Incluso de niño no comía todo lo que preparaba, pero ahora hasta deja los platos limpios — ¡Bendita tus manos abuela! — decía cada vez que llegaba la hora de comer— No puedo dejar de decirlo, mi corazón saltaba de felicidad al verlo tan emocionado e interesado en mis memorias como nunca antes, sé que vino a buscarse a sí mismo. Más de una ocasión mis ojos se llenaron de lágrimas y mi voz se quebró al hablarle, porque venir a buscarse significa que soy parte de él.

Lo admiro, tiene un espíritu tan libre y aun así regresa a sus raíces, pocas personas tienen el valor de hacerlo. Verlo me recuerda a mi juventud, ese tiempo en el que uno tiene tantas oportunidades, lo verdaderamente difícil es sacarles provecho y aún más, tomar decisiones. Hoy me doy cuenta que he tomado buenas decisiones pues ahora tengo una familia grandiosa, eso fue lo que decidí, porque cuando tenía su edad yo ya estaba preparada para irme de aquí, sólo que no fui tan valiente, no pude resignarme de olvidar estos olores que ahora me identifican a mí. Algunos como mi nieto, están destinados a volar lejos de casa, de explorar otras cosas, de rodearse de nuevos olores, otro nos quedamos a esperarlos, nos dedicamos a cuidar sus memorias.

Los días pasaron volando, vino solo una semana, la vida en la ciudad lo mantiene apurado pero prometió volver más tiempo en cuanto le fuera posible. Siempre me queda cierta nostalgia.

Volvimos a ser dos, aunque solo por las mañanas; por las tardes vienen mis hijos y mis nietos pequeños que aún no pueden irse lejos, que apenas están haciendo recuerdos dentro de este mismo lugar.

Hoy, mientras hacía compras para la comida del día, se me acercó una vecina a preguntarme cómo estaba mi nieto y por qué se había ido tan pronto, le conté lo mucho que me alegró su visita, que está muy bien pero que tiene cosas pendientes en su ciudad.

—Me doy cuenta de tu felicidad — dijo — que bueno que vino a visitarte. ¡Ay, me acuerdo cuando era solo un chamaquito! Lástima que te prometió volver, la verdad yo no creo que lo haga, así me dijo mi hijo el mayor y a la fecha no se digna ni a hacerme una llamadita, quedo deslumbrado por tantas cosas que conoció allá, por eso mis otros dos hijos no tienen permiso de irse de aquí.

Ya no quería escucharla más, tan solo intentaba contagiarme su amargura. Hablaba y hablaba, todo el rato fue queja tras queja y a mí se me comenzaba a hacer tarde para empezar mis deberes; yo no tengo la culpa de que su hijo no volviera, por algo ha de ser.

Durante la tarde pensaba en las palabras de mi vecina; claro que sé que no puedo confiar en que siempre tendré la misma fortuna, nadie me garantiza que de verdad mis hijos y mis nietos me procurarán como lo han hecho hasta hoy, la diferencia es que ella tiene temor a quedarse sin nadie, por eso intenta amarrar a las personas que le quedan y eso al final resulta peor. Yo no tengo miedo de quedarme sola, quiero que mi familia sea feliz aquí o donde sea, que prueben y experimenten lo que otros no hemos podido. No tengo miedo a no verlos regresar pues sé por experiencia propia que uno siempre regresa a los lugares que le traen recuerdos, y más si el recuerdo se come, porque no importan a donde vayamos ni que tanto probemos; hemos de vivir enamorados de los olores y de los sabores con los que crecimos. Dicen que uno es lo que come y yo me siento orgullosa de ser oro, ese oro que se pone con agua y cal, oro que se muele y se pone al comal.


Cítanos.

Mancilla Infante, Katia Jazmín, "Olor a oro", Claustronomía. Revista gastronómica digital, Universidad del Claustro de Sor Juana, México, D.F., 2016, <www.claustronomía.mx>.